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Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales Departamento de Administración Pública y Ciencia Política
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Entrevista MPG | Susana Riquelme: Una voz clave para entender género, poder y transformación en la academia y la gestión pública

La Dra. Susana Riquelme Parra, graduada del Magíster en Política y Gobierno y doctora en Política y Gestión de la Educación Superior por la Universidad Nacional Tres de Febrero de Argentina, nos comparte su mirada desde la Universidad de Concepción, donde lidera la Carrera de Administración Pública y Ciencia Política. Es feminista y parte activa de la Red de Politólogas #NoSinMujeres, así como también, investigadora del Observatorio de Reformas Políticas en América Latina, Susana combina la investigación, la docencia y la gestión con un compromiso profundo por la justicia social y la transformación institucional.

Pero su pensamiento no solo está moldeado por la teoría: sus vivencias personales, como ser madre a temprana edad, cuidar a su madre con Alzheimer y atravesar duelos familiares durante su formación doctoral, le han dado una dimensión humana, comprometida y transformadora al feminismo y la política. En esta entrevista, Susana nos invita a reflexionar sobre cómo la incomodidad puede ser motor de cambio y cómo el cuestionamiento de las estructuras es fundamental para construir una democracia más inclusiva.

Trayectoria académica y profesional

¿Qué motivaciones personales y profesionales la llevaron a especializarse en política y gobierno?

Mi formación como Administradora Pública con mención en Ciencia Política en la Universidad de Concepción fue clave para desarrollar un interés temprano por los procesos de toma de decisiones, el diseño institucional y las dinámicas de poder en el ámbito estatal. Desde ahí, la política comenzó a ser, para mí, un objeto de estudio y también un campo de intervención, donde se definen las condiciones de vida de las personas y los márgenes de posibilidad para la transformación social.

Esa motivación inicial se profundizó durante mis estudios de Magíster en Política y Gobierno, donde encontré herramientas analíticas más complejas para comprender las tensiones entre instituciones y ciudadanía, entre normativas y prácticas sociales. En particular, me interesa estudiar la forma en que la política y las políticas públicas responden a problemas, construyen realidades, identidades y jerarquías sociales.

Mi trayectoria profesional ha estado marcada por mi convencimiento de que estamos ante la necesidad de fortalecer capacidades estatales con conciencia crítica y enfoque democrático. Esa misma convicción me llevó a profundizar en el estudio de la educación superior como un campo político en sí mismo, realizando el Doctorado en Política y Gestión de la Educación Superior, desde donde también analizo los vínculos entre conocimiento y poder.

 ¿Cómo ha sido su experiencia como mujer en el ámbito académico? ¿Y en el de la dirección de la Carrera de Administración Pública y Ciencia Política?

Mi experiencia ha estado marcada por una trayectoria no lineal, atravesada por las responsabilidades de cuidado y por condiciones culturales y estructurales que ralentizan, o directamente obstaculizan, el desarrollo académico. Fui madre a los 18 años; recién a los 35 pude iniciar mis estudios doctorales. Durante el proceso doctoral, además de ejercer como docente e investigadora, cuidé a mi madre con Alzheimer y enfrenté el duelo reciente de mi padre, siempre atenta a la crianza, al cuidado y amor que implica la maternidad. No provengo de una “cuna de oro” ni de circuitos privilegiados, y esa experiencia me ha enseñado que muchas veces los relatos institucionales sobre el mérito académico no consideran todo lo que queda fuera de los indicadores, como el cansancio, los duelos, el amor, el cuidado, etc.

Mi biografía no me resta, me define. Me ha hecho más consciente de las desigualdades estructurales y simbólicas que atraviesan nuestras trayectorias y más crítica de los modelos académicos que excluyen o invisibilizan las vidas reales que sostenemos las mujeres. También ha nutrido mi manera de hacer docencia y gestión. En el aula, intento que mi vínculo con las y los estudiantes, además de ser académico, sea afectivo y político. Intento construir espacios de escucha, validación y exigencia (por supuesto), donde sus trayectorias personales también sean reconocidas como parte de su formación.

Como jefa de carrera, he tratado de replicar esa ética del cuidado y la responsabilidad. No creo en los liderazgos autoritarios ni tecnocráticos. Creo en formas que valoran la horizontalidad, la palabra compartida, la empatía y el compromiso colectivo. Dirigir mi querida carrera, para mí, no es solo una función administrativa, es una oportunidad para abrir espacios y acompañar procesos con sentido humano y político.

¿Qué aprendizajes destacaría de su paso por el Magíster en Política y Gobierno de la Universidad de Concepción?

Fue una experiencia profundamente formativa, en términos académicos, personales y políticos. Uno de los aprendizajes más significativos fue comprender el valor de vincular la formación de posgrado con proyectos de investigación en curso. En mi caso, tuve la oportunidad de desarrollar mi tesis bajo la guía de la profesora Jeanne Simon, en el marco de un proyecto FONDECYT. Esa experiencia me formó en la práctica de la investigación aplicada y en el trabajo colaborativo, y fue clave para mi posterior trayectoria académica.

Otro aspecto que destaco es que el Magíster reúne a estudiantes de diversas formaciones profesionales, generando un espacio plural, crítico y estimulante. Aprender con colegas provenientes de campos como trabajo social, sociología o ingeniería expandió mi mirada sobre los problemas de lo público y me mostró la potencia del diálogo entre saberes.

También valoro mucho los vínculos personales y afectivos que se gestaron durante esos años, la construcción de redes y amistades que hasta hoy siguen si endo parte de mi vida académica.

En la fotografía, Susana Riquelme junto a Pablo Bórquez y Camila Figueroa.

¿Cómo ha influido su formación en la Universidad Nacional de Tres de Febrero en su visión sobre la educación superior?

Mi formación en el Doctorado en Política y Gestión de la Educación Superior en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF, Argentina) ha influido decisivamente en mi forma de entender la universidad y su rol en la sociedad. Comprendí la relevancia política de la ciencia como motor de desarrollo y herramienta para imaginar sociedades más justas.

Pero, además, mi tesis doctoral fue una inmersión profunda en las estructuras universitarias del Cono Sur. Guiada por la politóloga Lucía Miranda Leibe, desarrollé una investigación comparada sobre políticas de género y trayectorias académicas de mujeres en universidades públicas de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil. Analicé marcos normativos, indicadores institucionales, dispositivos de igualdad y realicé entrevistas en profundidad a cerca de 70 académicas, además de un instrumento cuantitativo con más de 450 mujeres participantes. Esta experiencia me permitió producir conocimiento empírico riguroso, establecer redes con investigadoras de la región y comprender cómo operan las desigualdades de género en la academia.

Feminismo situado y docencia transformadora

Usted ha hablado de “Un nuevo contrato sexual”. ¿De qué estaría hecho, o sea, cuál sería el contenido y quiénes serían las partes que lo suscribirían?

Mi referencia a un “nuevo contrato sexual” está inspirada en la obra de Carole Pateman (El contrato sexual, 1988), texto fundamental en ciencia política. Pateman demuestra cómo el contrato social moderno, lejos de ser un pacto neutral entre individuos iguales, está fundado sobre un contrato sexual originario que garantiza la subordinación estructural de las mujeres mediante la institucionalización del poder patriarcal.

El nuevo contrato sexual implica desmantelar ese orden y construir un pacto político y social alternativo basado en la igualdad sustantiva y la redistribución del poder. Exige transformaciones materiales en estructuras del Estado, derecho, trabajo, vida académica y política institucional.

Las partes serían sujetos situados, con historias de opresión y lucha, identidades marcadas por género, raza, clase, sexualidad y territorio. Este contrato debe ser interseccional y plural, incluyendo mujeres, disidencias sexo-genéricas, pueblos originarios, sectores precarizados y otras subjetividades excluidas.

El contenido implicaría un nuevo acuerdo para la convivencia, donde el cuidado, la corresponsabilidad, la autonomía corporal y el derecho a una vida libre de violencia sean centrales. También supone transformar las lógicas del poder político, la autoridad académica y del saber, desnaturalizando el binarismo público/privado que ha sostenido la exclusión histórica de las mujeres.

Desde su investigación en educación no sexista, ¿qué innovaciones concretas ha propuesto o implementado como docente del Magíster?

He impulsado la incorporación explícita y sistemática de la perspectiva de género como base estructural del proceso formativo, no como un contenido aislado o diferenciado dirigido exclusivamente a mujeres, sino como una dimensión transversal que permea todos los niveles de análisis en ciencia política y políticas públicas.

En lo metodológico, promuevo que las y los estudiantes comprendan que levantar datos con perspectiva de género no es una opción, sino condición mínima para una investigación rigurosa. También incorporo en mis cursos la discusión teórica sobre las funciones del Estado desde la mirada de politólogas, destacando que una democracia que se precie no puede prescindir de la representación descriptiva y sustantiva de las mujeres; no basta con la presencia numérica, sino que sus experiencias y saberes deben transformar los marcos de decisión.

He guiado tesis donde el género es eje central, fomentando investigaciones sobre participación, políticas locales, violencia institucional o diseño institucional. Estas acciones concretas forman parte de una docencia feminista en acción, comprometida con la transformación de contenidos, prácticas y relaciones en el aula.

¿Existe el clasismo en las universidades del siglo XXI?

Sí, como constaté en mi tesis doctoral, las trayectorias académicas no están determinadas exclusivamente por mérito o capacidad profesional, sino también, y muchas veces de forma decisiva, por origen social, económico y territorial. El capital cultural heredado, redes de contacto, procedencia institucional y condiciones materiales de vida marcan las posibilidades de acceder, mantenerse y ascender en la academia.

¿Qué recuerdos guarda con más cariño de su paso por el Programa?

Guardo con especial cariño haber estudiado el Magíster junto a una amiga de toda la vida, Camila Figueroa, experiencia que fortaleció nuestra amistad. También valoro los lazos con compañeras y compañeros como Ninoska Ocares, Pablo Vásquez, Pablo Bórquez, Zoraya Martínez, Recaredo Galvez y Rodrigo Medina, con quienes compartí debates y aprendizajes colectivos, basados en confianza, respeto y complicidad intelectual.

¿Hubo algún curso, docente o materia que la marcara especialmente?

Sí, tuve la oportunidad de cursar el Magíster cuando pasaron docentes de gran trayectoria e impacto académico. Recuerdo con admiración las clases con Nuria Cunill y Luis Aguilar Villanueva, figuras clave en el pensamiento sobre gestión pública en América Latina. En metodología, las clases con Violeta Montero fueron fundamentales para fortalecer mis herramientas cualitativas.

¿Cómo describiría el ambiente académico y humano?

Fue excelente. El Magíster se caracteriza por un ambiente académico exigente, donde las ideas se discuten con profundidad y el pensamiento crítico es promovido.

Lo que marcó mi experiencia fue el entorno humano construido entre docentes, estudiantes y equipo de coordinación, con disposición constante al diálogo, apoyo mutuo y trabajo colaborativo.

Reflexiones y proyecciones

Si usted asumiera el Ministerio de la Mujer y Equidad de Género, ¿cuál sería una de sus primeras medidas?

Impulsaría la creación de un Sistema Nacional de Indicadores de Género para el Sector Público, que monitoree en tiempo real las desigualdades de género en el Estado, considerando variables como jerarquías laborales, brechas salariales, distribución de tareas de cuidado, representación en cargos de poder, acceso a formación continua, licencias parentales, entre otras. Estos indicadores incorporarían componentes cualitativos construidos con participación de funcionarias.

La idea es pasar de protocolos reactivos a una política de transformación estructural del Estado, avanzando hacia una institucionalidad feminista. Permitirá tensionar criterios tradicionales de eficiencia, visibilizar la feminización de labores invisibilizadas y generar políticas de redistribución del poder en estructuras públicas. Se trata de feminizar el Estado desde dentro, con datos y poder institucional.

Como docente de ciencia política, ¿qué le diría a los estudiantes que piensan en no ir a votar en las próximas elecciones?

Entiendo su desconfianza, distancia y rabia hacia un sistema político que muchas veces es indiferente, cerrado y capturado por intereses que no los representan. No subestimo ese malestar, que es parte de una crisis profunda de legitimidad democrática. Pero la política no se detiene porque dejemos de participar; otros toman las decisiones.

No los invito a “votar por votar”, sino a politizar el acto, vincularlo con convicciones, informarse críticamente y ejercer el voto como un derecho conquistado y herramienta para disputar presente y futuro.

¿Qué proyectos o líneas de investigación le gustaría desarrollar en los próximos años?

Quiero profundizar en el estudio de la “femocracia”, no solo como incorporación de mujeres a cargos públicos, sino analizando críticamente cómo los discursos de igualdad pueden ser cooptados sin transformar estructuras de poder. Me interesa cómo agendas de género pueden volverse funcionales a lógicas tecnocráticas o neoliberales y cómo tensionar eso desde una perspectiva feminista situada.

También me preocupa el impacto de la desinformación y manipulación digital, que afectan de forma diferenciada a mujeres en liderazgo político, social o académico. La desinformación, articulada con violencia simbólica y discursos de odio, busca deslegitimar voces y frenar avances en derechos.

Quiero explorar la relación de estos procesos con el auge de liderazgos autoritarios, punitivistas y conservadores, que producen regresiones en igualdad, autonomía y derechos de mujeres.

¿Qué medidas sugiere que adopten colegios y universidades para tener una sociedad más inclusiva y equitativa?

Incorporar la educación no sexista como principio estructurante, no como complemento o asignatura optativa. Esto implica revisar currículos, materiales pedagógicos, prácticas docentes y criterios de evaluación para desnaturalizar estereotipos de género.

En universidades, es urgente avanzar de protocolos a políticas institucionales integrales que, además de responder a la violencia de género, transformen estructuras. Incluye redistribuir cargas administrativas, garantizar igualdad real para investigar y enseñar, y repensar mecanismos de acceso y permanencia desde perspectiva interseccional.

Si pudiera dejar una idea hacia quienes pasan por sus clases, ¿cuál sería?

Que no hay trayectorias puras ni lineales; llegar “más tarde” o desde otros lugares también es legítimo. Que se puede ser profesional, investigadora, hija, madre, cuidadora y aun así transformar el mundo.

Que la política se piensa, estudia, pero sobre todo se vive. Y no podemos hablar de lo público sin hacernos cargo del dolor, cuidado, ausencias y desigualdades que lo atraviesan.

 

 

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